Para: La Voz del Interior
Uno de los debates más importantes de nuestro tiempo atraviesa a muchas democracias occidentales: si el crecimiento que generan las economías contemporáneas logra expandirse al conjunto de la sociedad o permanece concentrado en una porción cada vez más reducida de ella.
Durante el siglo 20, el ingreso promedio mundial se multiplicó varias veces, en un proceso de crecimiento sin precedentes impulsado por la innovación tecnológica, la acumulación de capital, la expansión educativa y el comercio internacional.
Pero el gran éxito de ese período no fue sólo generar más riqueza. La expansión de la educación, el fortalecimiento institucional, los derechos laborales, los impuestos progresivos y el Estado de bienestar permitieron incorporar a sus beneficios a una porción cada vez mayor de la sociedad, mediante la expansión de las clases medias y la movilidad social.
Desde fines de los años 1970, los avances tecnológicos y la globalización –en especial, la globalización financiera– impulsaron una integración sin precedentes de los mercados y una nueva ola de crecimiento.
El sistema financiero encabezó ese proceso gracias a la inédita movilidad que adquirió el capital, lo que permitió que enormes flujos financieros se desplazaran de un extremo al otro del planeta en cuestión de segundos.
Sin embargo, este proceso dio lugar a un fenómeno más complejo de crecimiento. Aunque contribuyó a una reducción histórica de la pobreza, también favoreció una creciente concentración de la riqueza en los estratos más altos de la sociedad.
El resultado fue una creciente sensación de frustración en sectores que perciben que los frutos del progreso no llegan a sus hogares. Así, sociedades cada vez más ricas conviven con mayores niveles de malestar, desconfianza y crisis de representación.
El descontento democrático
Sin embargo, este malestar no parece explicarse sólo por una cuestión de ingresos. Como sostiene Michael Sandel en El descontento democrático, una parte creciente de la sociedad siente que las decisiones que afectan su vida se toman cada vez más lejos de ella.
La globalización, la financiarización y la creciente despersonalización de los sistemas políticos y económicos han alejado los centros de decisión del ciudadano común. Así, el problema deja de ser únicamente la desigualdad material y pasa a ser también una cuestión de autonomía, participación ciudadana y control democrático.
El ciudadano no sólo siente que participa menos de los beneficios del crecimiento, sino que también percibe que tiene cada vez menos influencia sobre las variables que inciden en su propio destino.
No resulta casual que muchas democracias atraviesen una profunda crisis de legitimidad. La desconfianza hacia las instituciones, los partidos políticos y las élites difícilmente pueda separarse de una percepción cada vez más extendida: que los centros de decisión se encuentran crecientemente alejados de la ciudadanía y que el sistema funciona mejor para unos pocos que para las mayorías.
Los interrogantes del crecimiento en Argentina
Frente a la valiosa preocupación del Gobierno por alcanzar estabilidad macroeconómica y crecimiento luego de una década y media de estancamiento y decadencia, surge una pregunta igualmente importante: ¿quiénes participarán de ese crecimiento y en qué medida?
Por primera vez en los últimos años, el crecimiento económico registrado en 2025 no vino acompañado por una expansión del empleo privado formal. La economía creció, pero ese crecimiento no se tradujo en más puestos de trabajo registrados ni en mayores ingresos para los trabajadores formales, lo que obliga a plantear algunos interrogantes.
¿La nueva matriz productiva que impulsa el Gobierno, fuertemente apoyada en actividades extractivas e intensivas en capital, como la energía, la minería y el complejo agroexportador, será capaz de ampliar la prosperidad para una porción cada vez mayor de la sociedad? ¿O tenderá a concentrar los beneficios del crecimiento en sectores cada vez más reducidos?
¿Existirá también una estrategia para fortalecer actividades capaces de generar empleo de calidad, movilidad social y una amplia clase media?
¿Cuál será la forma de medir el éxito? ¿Alcanzará con que la economía crezca? ¿O también importará que una porción cada vez mayor de la sociedad que contribuye a generar esa riqueza pueda acceder a sus frutos?
La legitimidad social del modelo económico dependerá, en última instancia, de la respuesta a esas preguntas.
La revolución tecnológica de la inteligencia artificial
A los interrogantes que plantea el cambio de la matriz productiva de la economía argentina –y sus posibles efectos sobre la concentración de la riqueza y el tamaño de la clase media–, la actual revolución tecnológica mundial agrega una nueva capa de complejidad.
Hasta aquí, buena parte de la discusión podría interpretarse en función de consideraciones filosóficas o ideológicas respecto de una cosmovisión sobre el individuo, la sociedad y el rol de la comunidad.
En el fondo, se trata de una vieja discusión sobre qué grado de responsabilidad tiene una sociedad frente a las asimetrías del progreso. Entre una visión más individualista y otra más humanista –presente, por ejemplo, en la Doctrina Social de la Iglesia Católica– que pone el acento en la solidaridad, la dignidad del trabajo y la obligación de que el progreso alcance al conjunto de la comunidad.
Durante gran parte del siglo 20, crecimiento económico y empleo caminaron de la mano. Pero la inteligencia artificial amenaza con alterar esa relación. Una parte creciente del valor generado por las economías podría provenir cada vez más del capital, la tecnología y la propiedad intelectual, y cada vez menos del trabajo humano.
Si esto ocurre, la discusión dejará de ser únicamente filosófica o ideológica para convertirse en uno de los grandes desafíos de la humanidad: un desafío civilizatorio, con implicancias profundas para la organización económica, política y social de las naciones.
El interrogante será cómo sostener la prosperidad, la integración social y la legitimidad misma de los sistemas democráticos en un mundo donde el trabajo podría perder frente a la tecnología el rol que tuvo durante los últimos dos siglos.