Para: La Voz del Interior
En la Argentina, la estabilidad de un gobierno se sostiene sobre un equilibrio complejo donde interactúan la gestión económica, la gestión política, la capacidad de conducir y ordenar el poder, la épica del relato y la legitimidad social que esas variables construyen.
A veces, la gobernanza se apoya en una gestión económica que genera adhesión. Otras, en una épica capaz de conmover a la sociedad y llevarla a tolerar sacrificios en función de un objetivo superior.
Y en otras etapas, el sostén principal proviene de la conducción política: de la capacidad de ordenar al oficialismo, construir acuerdos con otras fuerzas, administrar tensiones y consolidar respaldos políticos e institucionales que den viabilidad, fortaleza y expectativas de continuidad a un programa de gobierno.
La historia argentina reciente ofrece ejemplos de cada uno de esos escenarios. Gobiernos que encontraron gobernabilidad en la economía, otros en la épica y otros en la construcción política. El problema aparece cuando ninguna de esas dimensiones logra sostener con fortaleza a un gobierno.
El gobierno de Javier Milei llegó al poder apoyado en una épica muy definida: la moralización del Estado, la destrucción de los privilegios de la política tradicional y la promesa de ordenar una economía devastada por años de déficit, inflación, emisión y endeudamiento.
Esa narrativa construyó una fuerte adhesión social porque conectó con el agotamiento de amplios sectores de la sociedad frente al persistente fracaso y cinismo de buena parte del sistema político argentino.
La gestión económica
En términos económicos, el gobierno puede exhibir algunos resultados relevantes: la desaceleración inflacionaria respecto de los niveles críticos heredados, el superávit fiscal primario y comercial, programas exitosos como el RIGI y cierto ordenamiento macroeconómico. Existió una decisión política firme de atacar desequilibrios estructurales ignorados durante años.
Además, logró ordenar la calle, mantener niveles bajos de conflictividad y desarticular un sistema de intermediación en la ayuda social que, lejos de empoderar a los sectores más vulnerables, funcionaba como un mecanismo de control y dependencia política.
Sin embargo, esos equilibrios todavía están lejos de percibirse como sólidos por los mercados, los inversores y la sociedad. Persisten dudas sobre la sostenibilidad del orden fiscal, cambiario y monetario en un contexto de caída del empleo formal, pérdida de ingresos reales, debilidad del consumo masivo, crédito en retracción, aumento de la morosidad y una infraestructura que se deteriora por falta de inversión.
Crisis de conducción y caída de la épica de la moral
Si a esa fragilidad económica se le agregan dudas sobre la capacidad del gobierno para sostener políticamente el poder,la percepción de fragilidad se profundiza. La política no es sólo una disputa electoral o comunicacional. Es la herramienta mediante la cual los gobiernos construyen capacidad de acción.
Un gobierno necesita una idea que convoque, una épica que movilice, un orden interno que garantice unidad de acción y una articulación inteligente con el sistema político y social para armonizar intereses, administrar tensiones y avanzar hacia sus objetivos.
Las internas permanentes, los escándalos de sobresueldos, las denuncias de corrupción, las contradicciones discursivas y la creciente sensación de caos e improvisación erosionan la credibilidad. Y la credibilidad es uno de los activos más importantes de cualquier programa económico.
Para el oficialismo, gran parte de su fortaleza inicial descansaba sobre una superioridad moral percibida frente al resto del sistema político. La idea de que “eran distintos” y venían a terminar con las prácticas degradadas de la política tradicional fue uno de los pilares de su legitimidad.
Por eso, cada sospecha de privilegios, manejo opaco o conflicto expuesto públicamente genera un daño mucho más profundo: no sólo deteriora la imagen del gobierno, sino también la épica que sostiene el esfuerzo colectivo.
Cuando esa épica se debilita, el apoyo social se vuelve más racional y mucho más dependiente de resultados económicos concretos. El crédito político se reduce. Y los errores empiezan a costar mucho más caro.
El desafío ya no parece ser únicamente económico. También pasa por reconstruir gobernanza, recuperar conducción, ordenar su propia estructura y restablecer coherencia entre el discurso, la gestión y los hechos. Difícilmente un gobierno pueda transmitir confianza sobre su capacidad de gobernar si no logra gobernarse a sí mismo.
La fragilidad de las expectativas
La confianza en el Gobierno cayó 12 puntos porcentuales el último mes según el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella.
Los dólares no salen del colchón pese a las distintas leyes impulsadas para incentivarlo.
El empleo formal no se recupera aun con reformas legislativas orientadas a promoverlo.
Cuando la economía no logra consolidar resultados para las mayorías, la política reemplaza consensos de país por acuerdos precarios sostenidos en conveniencias circunstanciales, el desorden interno transmite falta de conducción y los hechos contradicen la épica que legitimaba al gobierno, aumenta la percepción de fragilidad e incertidumbre sobre la capacidad de sostener el rumbo.
Probablemente por ello, el riesgo país sigue sin poder perforar la barrera de los 500 puntos.