Para: La Voz del Interior
Toda economía necesita ahorrar para poder invertir. Ningún país puede aspirar a crecer de manera sostenida si una parte significativa de la riqueza que genera no se transforma en nuevas empresas, tecnología, infraestructura, viviendas, innovación o capital humano. El ahorro nacional constituye la materia prima de la inversión. Y la inversión, el verdadero motor del desarrollo.
En la Argentina, desde hace décadas, una parte muy importante del ahorro busca refugio fuera del circuito económico nacional. Se dolariza, sale del sistema financiero o permanece en activos externos.
La conocida formación de activos externos (FAE), comúnmente llamada “fuga de capitales”, es apenas la expresión estadística de un fenómeno mucho más profundo: la decisión de millones de personas y empresas de preservar su patrimonio lejos de la economía argentina.
Hasta aquí, existe poco para discutir. Son datos de la realidad. El propio Gobierno lo repite en casi todas sus presentaciones. Javier Milei, Luis Caputo, José Luis Daza y el resto del equipo económico sostienen una y otra vez que esperan que el ahorro nacional deje de refugiarse fuera del sistema y vuelva a financiar la inversión.
Con ese objetivo, el Gobierno impulsó la denominada Ley de Inocencia Fiscal, con el propósito de reducir los costos y temores asociados al uso de los dólares ahorrados fuera del sistema. Sin embargo, los resultados estuvieron lejos de lo esperado: los dólares no sólo no regresaron al circuito productivo, sino que el proceso de dolarización del ahorro continuó.
Si el síntoma permanece, revisemos el tratamiento
La escasa efectividad de aquella iniciativa llevó al Gobierno a anunciar un complemento de la Ley de Inocencia Fiscal, destinado a ampliar y reforzar los incentivos previstos en el régimen original.
Es decir, el Gobierno insiste porque reconoce que el problema persiste. Lo que todavía no logra demostrar es que las herramientas elegidas sean capaces de resolverlo. ¿No será momento de revisar las causas y soluciones del fenómeno con mayor profundidad?
En economía, como en medicina, cuando el síntoma persiste, suele ser el tratamiento lo que merece una revisión.
El Gobierno sostiene –con razón– que gran parte de este comportamiento tiene origen en décadas de inflación, confiscaciones, defaults, cepos y devaluaciones. Negar esa realidad sería un ejercicio de necedad.
Los argentinos hemos aprendido, muchas veces a fuerza de pérdidas patrimoniales, que proteger el ahorro del deterioro de la moneda nacional forma parte casi de un mecanismo de supervivencia económica.
Pero justamente porque ese diagnóstico histórico parece correcto, surge otra pregunta. Reducir la inflación y recuperar el equilibrio fiscal, sumado a una ley para incentivar a los argentinos a utilizar los dólares que mantienen fuera del sistema, ¿alcanza para revertir este comportamiento? Los datos, al menos por ahora, parecen sugerir que no.
El Gobierno no sólo debe explicar la realidad
Tal como lo describe el propio Gobierno, el comportamiento de personas y empresas responde a expectativas e incentivos. Entonces cabe preguntarse: ¿Qué expectativas continúan pesando sobre las decisiones de ahorro e inversión? ¿Cuál es el peso de la política en las expectativas que se forman las personas?
¿No será que las heridas del pasado explican sólo una parte del problema y que la persistencia de este fenómeno también responde a la existencia de dudas sobre la sostenibilidad de la política cambiaria o sobre el rumbo del propio programa económico que afectan las expectativas de quienes deben ahorrar e invertir?
¿No será que el deterioro de los ingresos y la persistente caída de la actividad en sectores como la industria, la construcción y el comercio postergan las decisiones de inversión?
¿No será que la incertidumbre política e institucional sigue condicionando esas decisiones y que el Gobierno no puede, no quiere o no sabe cómo encauzar la salida?
¿No será que la incapacidad de construir esos consensos amplios debilita la confianza de los agentes económicos en la continuidad de las reglas de juego?
Porque si todas las respuestas remiten exclusivamente al peso del pasado y al temor frente a una eventual alternancia política, el Gobierno termina describiendo el problema, pero no ofreciendo una solución eficaz.
Y si todas las soluciones se buscan exclusivamente en el plano técnico y se deja de lado la dimensión política, difícilmente pueda modificarse el comportamiento de los agentes económicos.
La cuestión de fondo
Existe, sin embargo, una cuestión de fondo: ¿cuál es el modelo de desarrollo y de sociedad hacia el que se dirige el Gobierno?
Si la apuesta principal es la inversión extranjera directa en sectores como minería, energía o litio, cabe preguntarse si ello no derivará en una economía de dos velocidades, que relegará el desarrollo de la industria manufacturera y desaprovechará el potencial del ahorro nacional.
El verdadero desafío debería ser construir un círculo virtuoso en el que la inversión extranjera complemente y no sustituya la inversión financiada con el ahorro de los argentinos, de modo que una porción cada vez mayor de ese ahorro permanezca en la economía local y la formación de activos externos se reduzca a su mínima expresión.
De lo contrario, será muy difícil consolidar un programa económico exitoso y sostenible en el tiempo.