El precio del dólar es siempre una decisión política.

Para: La Voz del Interior

Aunque el presidente y el ministro de económica insistan en presentar al tipo de cambio como una variable puramente de mercado, la realidad es que el tipo de cambio nunca es solo un precio de mercado: es una decisión política. En Argentina y en cualquier lugar del mundo.

Por eso, la actual apreciación cambiaria no es un fenómeno natural, sino el resultado de una estrategia concreta para estabilizar la macro en el corto plazo. Una estrategia con beneficios claros, pero también con riesgos que no pueden soslayarse.

Apreciación cambiaria sin acumulación de reservas.

En los últimos meses se viene configurando en la economía argentina una combinación que vuelve a ocupar el centro del debate entre analistas económicos y financieros, tanto locales como internacionales: una fuerte apreciación cambiaria en términos reales, acompañada de una acumulación de reservas que sigue sin mostrar una mejora sustantiva. 

Esta dinámica, de sostenerse en el tiempo, puede convertirse en el núcleo de una futura tensión macroeconómica.

Si se considera la combinación de una caída nominal del tipo de cambio y una inflación cercana al 3% mensual durante el primer trimestre de 2026, el tipo de cambio real se habría apreciado en torno al 15% en lo que va del año 2026. En términos simples, Argentina se encareció en dólares en una magnitud similar. 

Este proceso contrasta con la evolución del frente externo. Las reservas netas del Banco Central prácticamente no han registrado una mejora significativa, pese a compras de divisas por aproximadamente USD 4.000 millones en el mismo período.

A este cuadro se suman factores que refuerzan la fragilidad. Por un lado, es probable que la inflación mantenga cierta inercia en los próximos meses, lo que limita la velocidad de corrección de los precios relativos. Al mismo tiempo, la temporada alta de la cosecha podría sostener o acentuar la baja nominal del tipo de cambio, en la medida en que el gobierno decida continuar convalidando ese movimiento.

Por otro lado, la persistencia de un riesgo país elevado continúa restringiendo el acceso al financiamiento externo y obliga a destinar parte de los dólares disponibles al cumplimiento de compromisos de deuda, drenando recursos del balance del Banco Central. 

Finalmente, la demanda privada de divisas sin fines específicos se mantiene elevada —en el orden de USD 2.000 millones mensuales—, lo que introduce una presión adicional sobre la acumulación de reservas.

Usar el tipo de cambio como ancla nominal —administrado a través de las compras de divisas del Banco Central y de la liquidez que se canaliza mediante las licitaciones de deuda del Tesoro— forma parte de una estrategia de estabilización orientada a coordinar expectativas y acelerar la desinflación.

El problema aparece cuando ese esquema se prolonga en el tiempo y la inflación continúa corriendo muy por encima del ritmo de devaluación. En ese contexto, el tipo de cambio real se atrasa sin estar respaldado por mejoras genuinas de productividad ni por una acumulación consistente de reservas, lo que empieza a generar dudas en los agentes económicos sobre la capacidad del gobierno para evitar eventuales tensiones futuras.

De hecho, aunque el presidente ha señalado en reiteradas ocasiones que la acumulación de reservas no constituye un objetivo central como respaldo de la moneda, ante la primera crisis cambiaria relevante fue necesario recurrir al respaldo del Tesoro de Estados Unidos. 

Es decir, “en la práctica”, parecería que la “espalda” de un Estado sigue siendo necesaria para evitar crisis de mercado con consecuencias significativas para el conjunto de la sociedad. Como el Estado argentino no contaba con esa capacidad de respaldo, éste terminó buscándose en el Estado norteamericano.

El peso de las decisiones, más allá del mercado.

La pregunta de fondo, entonces, no es si el dólar está “atrasado” o no en términos de mercado, sino si el esquema actual puede sostenerse sin una fuente robusta de acumulación de reservas internacionales, sin inversión significativa, sin incrementos de productividad y sin acceso al financiamiento externo.

La economía gana previsibilidad en el corto plazo, pero pierde competitividad y certidumbre de largo plazo.

Lo relevante es entender que no se trata de movimientos puramente de mercado, sino de decisiones de política económica. El tipo de cambio no es una variable neutral: define ganadores y perdedores, ordena precios relativos, distribuye costos, incide sobre la competitividad, las expectativas y los incentivos a exportar o importar, y termina condicionando la dinámica del nivel de actividad. 

Por eso, presentarlo como el resultado de una dinámica de mercado es, en los hechos, una simplificación que no se sostiene.

En ese marco, y después de años de desequilibrios y mala praxis, no hay salida simple ni libre de riesgos. Cada decisión de política implica costos y trade-offs que no pueden evitarse, solo administrarse. 

Y son esas mismas decisiones las que, en última instancia, terminan definiendo la sostenibilidad económica, política y social del esquema, así como las posibilidades de éxito del programa económico.

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