Hay momentos en los que los datos económicos empiezan a complicar tanto el relato oficial que las justificaciones dejan de alcanzar o, incluso, se vuelven contraproducentes. Las últimas semanas parecen ser uno de esos momentos.
La debilidad de algunos indicadores de la economía real, junto a un incipiente deterioro del frente financiero y el aumento de la cobertura cambiaria, están configurando un escenario cada vez más desafiante de cara a 2027.
En ese contexto, las últimas declaraciones públicas del presidente Javier Milei –lamentables no sólo por su “forma”, algo a lo que ya nos tenía acostumbrados, sino ahora también por su “contenido técnico”– no hacen más que profundizar el deterioro de la credibilidad del programa económico y financiero.
Una economía que pretende recuperar inversión, consumo y empleo necesita crédito. Una economía que debe refinanciar su deuda, también. Y, en un contexto de baja credibilidad, necesita además acumular reservas, no consumirlas para cancelar obligaciones que no logra refinanciar en el mercado a tasas razonables. Para ello, se necesita un horizonte que vaya más allá de la próxima elección.
Deterioro del frente financiero
El frente financiero ya muestra señales concretas de tensión. Subieron los rendimientos de los bonos argentinos y aumentó el riesgo país. En las últimas licitaciones, el Tesoro no está logrando colocar deuda a plazos que vayan más allá de las elecciones, y el Banco Central redujo el ritmo mensual de compra de dólares.
Hay, indudablemente, un componente internacional: la suba de tasas en Estados Unidos impacta en los mercados emergentes. Pero Argentina se está desacoplando de otros países de la región, lo que evidencia que también pesan factores internos.
La dinámica empieza a observarse en la demanda de cobertura cambiaria. El stock de bonos dólar linked en manos privadas supera los U$S 12 mil millones, según datos de la Consultora 1816, y se acerca a los niveles registrados durante las elecciones legislativas de 2025, cuando llegó a rondar los U$S 15 mil millones. El mercado está comprando protección frente a un eventual movimiento del tipo de cambio.
Por otro lado, de los aproximadamente U$S 14.200 millones que el Banco Central compró este año, unos U$S 6.800 millones se destinaron a pagar deuda en dólares. El alto costo del refinanciamiento obliga a cancelar más deuda con dólares propios, lo que resta reservas y requiere más compras por parte del Central.
Pero el mercado no demanda los pesos que se imprimen para comprar los dólares, por lo que estos deben ser esterilizados aumentando la deuda en pesos. En los próximos 15 meses, vencen instrumentos de deuda en pesos por el equivalente a unos U$S 113 mil millones, parte de lo cual es con el sector privado.
El número, por sí solo, no significa que toda esa deuda vaya a ir al mercado cambiario o que tenga que imprimirse el día de mañana. Pero cuanto menor sea la disposición del mercado a renovar los vencimientos, mayor será la presión sobre la cobertura cambiaria, sobre el dólar y las tasas de interés.
Como ha señalado en reiteradas oportunidades la economista Marina Dal Poggetto, no hay política económica sostenible ni mercado de crédito sin horizonte.
Qué ven los mercados financieros
Los mercados miran la sostenibilidad de la deuda. Miran la actividad económica, el empleo y los ingresos. Miran si existe una base real capaz de sostener los equilibrios que destaca el Gobierno.
Miran la política y qué puede ocurrir en la próxima elección. Porque ese es el horizonte que definió el Gobierno y es el argumento al que este recurre para explicar aquellos indicadores que no evolucionan como se esperaba.
Milei y Axel Kicillof viajaron casi en simultáneo a Nueva York y ofrecieron, cada uno, una explicación bastante parecida sobre los problemas de la Argentina: el problema de fondo es “el otro”.
Alejandro Borensztein describió con ironía la escena en su columna “Dos argentinos en Nueva York”: mientras uno explicaba que el problema eran los otros, el otro hacía exactamente lo mismo, pero en sentido inverso.
Para quien observa la Argentina desde afuera, la postal resulta bastante elocuente. Quien evalúa invertir no mira solamente una política económica: también necesita saber cuánto consenso existe alrededor de las reglas de juego.
Y si algún inversor todavía dudaba si poner un peso en la Argentina, el ministro «Toto» Caputo se ocupó de despejarle las dudas: “El kirchnerismo es el infierno y Kicillof, el anticristo”.
Cuando gobernar es llegar a la próxima elección
En democracia, la alternancia es parte de las reglas del sistema. Por eso, una política económica sostenible no puede depender de que el Gobierno gane la próxima elección. Necesita construir un horizonte de más largo plazo.
Cuando ese horizonte no existe, el mercado acorta los plazos. El crédito se vuelve más caro. La refinanciación se vuelve más difícil. Las empresas aumentan la cobertura cambiaria y postergan decisiones de inversión. Las familias exteriorizan sus ahorros. Y el Gobierno termina concentrando cada vez más energía en llegar a la próxima elección sin que ninguna variable crítica se desborde.
Es una dinámica perversa: cada elección deja de ser una instancia dentro de un proceso económico y se transforma en el momento en el que se juega la continuidad de todo el esquema.
El problema es que una economía no puede sostener inversión, empleo y crédito sobre la expectativa de que todo se acomodará después de las elecciones. Ahora el Presidente sostiene que si gana el oficialismo, en 2028 la Argentina va a “volar”. Lo mismo decía antes de las elecciones de 2025.
Si para sostener el programa económico se necesita esa validación una y otra vez, el horizonte nunca se extiende más allá del corto plazo. Y hoy el mercado no parece dispuesto a financiar una política que no sabe construir un consenso suficientemente amplio como para sostenerse en el tiempo.