Para: La Voz del Interior
Hay cosas que por mucho que se repitan o deseen no se convierten en realidad. En las últimas semanas el ministro de Economía “Toto” Caputo no se cansó de repetir que, aunque los agentes económicos perciben chances de un regreso del kirchnerismo al poder —y que eso explica la resistencia del riesgo país a bajar—, él está “cien por ciento seguro” de que eso no ocurrirá.
“El kirchnerismo no es una opción”, “ya es un dato para todo el mundo que el kirchnerismo es el infierno” o “a Kicillof no lo vota nadie, se junte con quien se junte” fueron sus últimas declaraciones, en un intento de convencer a inversores, empresarios y ahorristas de que inviertan, consuman y saquen los dólares del colchón con tranquilidad.
Sin embargo, las encuestas no muestran un escenario tan contundente como el que describe el ministro. El electorado del kirchnerismo sigue siendo considerable. Y eso obliga a hacerse una pregunta más incómoda para el Gobierno: ¿de qué depende el apoyo social y del mercado?
El respaldo social y la confianza de los mercados
Desde el punto de vista económico, todo indica que la evolución de la economía real, del empleo, de los salarios, del consumo y de la actividad durante los próximos meses será determinante para sostener el respaldo social y las posibilidades de continuidad del actual rumbo económico.
Para quienes toman decisiones económicas, muchas de sus conductas siguen explicándose más por la memoria que por expectativas de futuro, en parte porque el propio Gobierno todavía no logra dar una señal suficientemente clara y consistente respecto del rumbo de la política monetaria y cambiaria.
Pero desde el punto de vista político, la manera de alinear expectativas de largo plazo es construir apoyos políticos e institucionales amplios que permitan consolidar un rumbo compartido. Lo que no significa únicamente conseguir votos en el Congreso, que en muchos casos se derivan de conveniencias circunstanciales.
Cuesta imaginar que un país con la historia de la Argentina pueda estabilizarse de manera sostenida concentrando el poder en unas pocas personas. “Vamos por todo”, decía Cristina Kirchner. Macri tampoco estuvo demasiado lejos de esa lógica. Y Javier Milei parece repetir hoy el mismo esquema de híper concentración política, personalismo extremo y confrontación permanente.
Mientras cada gobierno siga intentando imponer su propio proyecto como si pudiera refundar el país por sí solo, será cada vez más difícil construir un rumbo estable y duradero como Nación.
Riesgo país y “riesgo Kuka”
Por los mimos motivos, el riesgo país sigue sin bajar de manera sostenida, impidiendo la refinanciación de la deuda pública a tasas razonables.
La explicación oficial es que el riesgo país no baja por el “riesgo Kuka”. Pero al sostener ese argumento es el propio Gobierno el que termina admitiendo que no tiene capacidad política suficiente para garantizar la estabilidad.
Supongamos también que el Gobierno tiene razón y que parte del freno de la economía real del último año fue consecuencia de la corrida cambiaria preelectoral. La pregunta entonces es ¿cuál es el plan para evitar que vuelva a suceder lo mismo en 2027? ¿O van a volver a poner la estabilidad económica al límite?
Porque si cada proceso electoral vuelve a poner en duda la estabilidad económica del país, entonces el problema argentino sigue siendo más político e institucional que monetario.
“No se negocia con la casta”
“Los consensos son la forma de repartir negociados y privilegios” suele plantear el Gobierno desprestigiando el valor mismo de la construcción de acuerdos. Sin embargo, eso se llama corrupción. Y la corrupción no depende de que una política sea ampliamente acordada o impulsada desde una lógica hegemónica y cerrada. De hecho, puede encontrar mucho más terreno fértil cuando el poder se concentra y los controles, los contrapesos y los consensos desaparecen.
Los pactos institucionales de una Nación —que probablemente deban incorporar muchas de las ideas que instaló Milei— son los que permiten sostener políticas más allá de un gobierno. Y justamente por eso son los únicos capaces de reducir el “riesgo Kuka”, impactando sobre las expectativas y transformándose en motores del crecimiento.
Después de años de decadencia, ruptura de contratos, defaults y cambios permanentes en las reglas del juego, la verdadera batalla argentina no es sólo económica. También es política: pasar de la lógica del “vamos por todo” a construir apoyos amplios y duraderos.
Las guerras internas del poder
Las peleas internas del oficialismo expuestas patéticamente en redes sociales prácticamente desde el comienzo del mandato —y llevadas al absurdo esta última semana con la cuenta atribuida por Santiago Caputo a Martín Menem— también son “riesgo país”. Hace dos años que el Gobierno no logra gobernarse a sí mismo. Eso abre interrogantes sobre la capacidad real del presidente para conducir, lo que deteriora la gobernabilidad.
Los logros económicos existen y sería absurdo negarlos. El último dato de balanza comercial con un superávit de USD 2.711 millones en abril, es muy bueno. También lo es el récord histórico de exportaciones alcanzado recientemente. Y como siempre digo: los éxitos son de quien gobierna y los fracasos también.
Pero los problemas estructurales argentinos difícilmente puedan resolverse desde miradas excluyentes o esquemas de poder excesivamente concentrados. La Argentina es un país que se caracteriza por su diversidad, la que no puede ser ignorada.
La larga historia de fracasos de la Argentina es un condicionante innegable para el gobierno. Pero frente a esa realidad, la estrategia de atacar sistemáticamente a todo aquel que no se someta al oficialismo puede terminar convirtiendo el año electoral en una apuesta demasiado riesgosa.
Y la Argentina ya perdió demasiadas veces jugando a suerte o verdad.